El año que finalizó constituyó una muy dura prueba para todos los argentinos.

A los rigores y consecuencias de la pandemia que aún no ha terminado se le debe sumar la precariedad del orden político y social dentro del cual se despliegan nuestras vidas.

El oficialismo continuó con su marcha a contramano de las instituciones, mientras que la oposición se dejó arrastrar por pujas internas, produciendo en no pocos de sus votantes una lamentable decepción.

Es en este escenario donde la Argentina muestra una ausencia de aquellos temas que son fundamentales para el devenir de la población y por otra parte ocupan la discusión política, aspectos que hacen exclusivamente a los particulares intereses de la clase política, en especial la gobernante.

En este último caso,  toman el centro de la escena, por ejemplo, el increíble proyecto de eternización de los intendentes de la provincia de Buenos Aires, la creación reiterada de nuevos impuestos, que gravan fundamentalmente a la clase media, fallos de la Justicia consagrando la impunidad de la corrupción, o la falta de definición  del Gobierno por acceder a un imprescindible acuerdo de refinanciación con el FMI, luego de zigzagueos altaneros, todo ello en un escenario donde el riesgo país supera los 1.750 puntos básicos, un nivel que quintuplica el promedio de Latinoamérica (excluida Venezuela).

En cambio, el escenario político-social de la Argentina padece de un atronador silencio respecto de cuestiones que hacen no solo a su presente, sino fundamentalmente a su futuro, ausentes en el debate público, como, entre otras, las siguientes:

– La Argentina se ha transformado en un país con una enorme proporción de su población que no trabaja. No solo por las merecidas jubilaciones para muchos, sino por el festival impúdico, utilizado políticamente, de los llamados planes sociales, además de las  designaciones cuantiosas en el empleo público con fines partidarios. Una sociedad con esta característica corre peligro de constituirse en inviable.

– La educación en crisis. Los índices internacionales dan cuenta de la involución del sistema educativo, tomado como coto de caza por una maraña sindical, y que compromete en forma muy severa el futuro de los jóvenes argentinos, y del país en su conjunto.

– La inseguridad creciente en todo el país, y el auge del narcotráfico.

– La carencia de explicación  del uso de los fondos públicos para  actos con fines exclusivamente partidarios.

– La  ocupación diaria del espacio público, sean puentes, avenidas o plazas, por manifestaciones  multitudinarias que impiden el desplazamiento de la ciudadanía pacifica que, a diferencia de los manifestantes, debe y quiere trabajar.

– La agresión a las nuevas compañías aéreas. La Argentina es un territorio extenso donde la comunicación aérea es fundamental. Desde la bienvenida aparición de las denominadas aerolíneas “low cost”, estas han sufrido permanentes ataques por parte de aquellos que se adueñaron de Aerolíneas Argentinas, para transformarla en un mecanismo de ocupaciones espurias y generadora de un drenaje de fondos públicos. En los últimos días, ante la bienvenida política de tarifas promocionales de esas empresas, increíblemente, el Gobierno decide impedirles su aplicación. Una vez más hubo silencio frente a este atropello, propinado también contra la ciudadanía usuaria de esos servicios.

La ausencia de todas estas cuestiones  en el centro de la discusión pública, a excepción del abordaje que realiza la reconfortante prensa libre aún vigente en el país, es  un claro índice de la falta de rumbo de una sociedad entristecida  o resignada a la carencia de proyecto común.

Quiera el futuro que las dirigencias asuman la necesidad de modificar, para bien de los argentinos, este no alentador escenario de temática inconducente por un lado, o de silencios lamentables.